Pico Pobeda: la odisea final de la alpinista rusa Natalia Nagovitsyna

Pico Pobeda: la odisea final de la alpinista rusa Natalia Nagovitsyna

agosto 29, 2025 publicado por Susana Fuentes Avellaneda

Siete mil metros, una pierna rota, una tienda naranja desgarrada por el viento y más de dos semanas a temperaturas por debajo de -20 ºC. Ese fue el último combate de la alpinista rusa Natalia Nagovitsyna, de 47 años, en la montaña que los soviéticos bautizaron como la “Devoradora de Hombres”. Su historia no es una épica de cumbre, sino una crónica de resistencia límite y de un rescate que chocó, una y otra vez, con el techo físico y moral del alpinismo extremo.

Qué pasó en la arista de la cumbre

Nagovitsyna integraba un equipo independiente de cuatro montañeros: el ruso Roman Mokrinsky, el italiano Luca Sinigaglia y el alemán Günter Siegmund. El objetivo era el Jengish Chokusu, más conocido como Pico Pobeda, la cima más alta del Tian Shan, en la frontera entre Kirguistán y China (7.439 m). Es una montaña larga, fría y castigada por temporales repentinos. Su arista superior, expuesta y helada, no perdona errores.

El 12 de agosto de 2025, Natalia y Roman hicieron cumbre. En la bajada, tras un tramo de unos tres kilómetros de arista, ella sufrió una caída y se fracturó una pierna alrededor de los 7.100 metros. Roman le prestó primeros auxilios, la resguardó en una tienda y tomó una decisión durísima: bajar para pedir ayuda. Ella no llevaba radio. A esa altura, sin comunicación, cada hora es un riesgo acumulado.

Al día siguiente, Luca y Günter subieron desde el Campamento 3 (6.500 m) con lo básico para alargar su supervivencia: saco, comida, agua y hornillo. Dejaron el material y retrocedieron. No había margen para improvisaciones heroicas: la pendiente era dura, el hielo traicionero y el tiempo, inestable.

Desde ese momento, se pusieron en marcha esfuerzos paralelos de rescate. La ventana de buen tiempo era mínima y las opciones reales, pocas. Varios equipos tantearon la arista; uno de ellos tuvo que retirarse cuando su líder cayó enfermo. Un helicóptero implicado en la operación sufrió un accidente en la zona —sin balance oficial preciso—, lo que retrajo aún más los intentos aéreos. El 15 de agosto llegó el golpe más doloroso: el italiano Luca Sinigaglia murió cuando trataba de volver a ayudar a su compañera.

La montaña no dio tregua. Días de viento y nieve iban erosionando la tienda de Natalia y consumiendo su energía. A falta de rescatistas capaces de alcanzarla, entraron en juego los drones con cámara térmica. Un primer vuelo detectó señales de vida y sostuvo la esperanza. Otro sobrevuelo, dos días más tarde, no encontró actividad. Las autoridades kirguisas cruzaron datos de temperatura, posición y meteorología y concluyeron que ya no había señales compatibles con la supervivencia.

Así se fue cerrando una cronología que empezó como una retirada táctica y terminó convertida en un parte de pérdidas:

  • 12 de agosto: cumbre de Natalia y Roman. Accidente en la arista de descenso. Natalia queda inmovilizada a unos 7.100 m.
  • 13 de agosto: Luca y Günter suben desde C3 con suministros y los depositan en la tienda.
  • 15 de agosto: fallece Luca Sinigaglia durante un intento de apoyo.
  • Semanas siguientes: intentos escalonados de rescate terrestre frustrados por la meteo y la dificultad del terreno; un helicóptero sufre un accidente; otro equipo se retira por enfermedad de su líder.
  • Sobrevuelos con dron: primero, una señal térmica positiva; después, ausencia de signos de vida.
  • Suspensión oficial: el mal tiempo obliga a cancelar todas las operaciones, sin opción segura de recuperación.

Mientras tanto, fuera de la montaña, el caso rebotaba en redes y despachos. El hijo de Natalia, Mijaíl, publicó vídeos pidiendo que no se abandonara el rescate. Su mensaje llegó hasta el jefe del Comité de Investigación de Rusia, Alexander Bastrykin, que ordenó coordinar con el Ministerio de Situaciones de Emergencia para extremar los esfuerzos. La presión pública no cambió lo esencial: arriba, la meteorología y el relieve imponían un límite que nadie podía mover.

Por qué fue casi imposible rescatarla

El Pobeda es una trampa meteorológica. Al ser el punto más alto del Tian Shan, actúa como una pared contra los frentes que suben desde las zonas desérticas y las estepas. El viento acelera, el frío muerde y la visibilidad desaparece en minutos. Eso complica cualquier movimiento en aristas estrechas, con cornisas y placas de hielo donde un tropiezo significa una caída larga y probablemente fatal.

La altura manda. Por encima de 6.500 metros, el cuerpo pierde calor y masa muscular aunque uno esté dentro de un saco. Dormir no recupera; respirar es trabajo duro. El riesgo de edema pulmonar o cerebral aumenta con cada noche. Con una pierna rota, derretir nieve para beber y encender un hornillo es una tarea agotadora, y cada gesto quita margen para el día siguiente.

Los helicópteros tienen límites físicos. El aire es más fino y las hélices generan menos sustentación. Con viento fuerte, la maniobra para ganar altura y quedarse estático es peligrosa y a veces inviable. Si a eso se suman nubes y hielo en las palas, el riesgo se dispara. Por eso, incluso con pilotos expertos, hay días en que la respuesta honesta es: hoy no se puede volar.

El terreno también bloquea a los equipos de tierra. La arista de cumbre del Pobeda es larga, con secciones donde dos personas no pueden moverse a la vez con seguridad. Instalar cuerdas fijas lleva horas y requiere varios porteos. Hacerlo con mal tiempo multiplica el peligro. Llevar una camilla o bajar a alguien inmovilizado implica trabajar muy lento, con descansos constantes, y eso obliga a pasar otra noche arriba. Cada noche más, menos oxígeno, más frío, menos fuerza.

La comunicación fue otra grieta. Natalia no tenía radio. A esa altura, los teléfonos satelitales también fallan si el usuario está débil, si se agota la batería o si el equipo se moja y se congela. En un rescate, perder contacto con la víctima cambia todo: no se puede ajustar el plan a su estado, ni pedirle que se mueva cinco metros a un abrigo, ni coordinar una salida en una ventana de 40 minutos.

Los drones dieron información clave, pero tienen limitaciones. El viento los aleja de la ruta prevista, el frío baja sus baterías y la lectura térmica depende de ángulos y coberturas. Aun así, en este caso permitieron algo que antes era imposible: saber si había señales de calor humano sin exponer a más gente en la arista. La última pasada sin señal fue el dato que cerró la puerta.

El costo humano fue real y doloroso. Murió un alpinista que intentaba ayudar, Luca Sinigaglia. Otro equipo tuvo que volverse por enfermedad de su jefe. Un helicóptero se accidentó. Cada paso, por noble que fuera, tenía consecuencias. Y, conforme pasaban los días, la pregunta se impuso: ¿hasta dónde arriesgar más vidas cuando la probabilidad de un rescate con éxito cae por el suelo?

Hubo, además, un eco político. La intervención de Bastrykin mostró la magnitud del caso en Rusia. Pero las órdenes desde un despacho no cambian la física de una arista helada. Los rescatistas kirguises anunciaron la suspensión: el tiempo había caído en picado, el viento vaciaba el cielo y la montaña no permitía más intentos razonables.

Natalia llevaba también una carga íntima: cuatro años antes había perdido a su marido en otra montaña. Aun así, seguía escalando. Quienes viven estas expediciones conocen el riesgo y, a la vez, la atracción de una línea elegante hacia una cumbre. Ese dilema, que su familia ya había sufrido, volvió a golpearlos con violencia.

El Pobeda no es un ochomil, pero su historial es tan duro como el de muchos de ellos. La combinación de altura alta, frío extremo, distancias largas y tormentas imprevisibles ha dejado temporadas muy negras. El apodo de “Devoradora de Hombres” no nació de una anécdota, sino de repeticiones: aristas que se cortan, cornisas que ceden, equipos que se quedan sin fuerzas antes de la salida.

Esta tragedia vuelve a abrir debates incómodos en la comunidad alpina:

  • Planificación: ¿cuánta redundancia se necesita en radios, baterías, hornillos y combustibles cuando una retirada puede alargarse semanas?
  • Estilo: las cordadas ligeras suben rápido, pero la falta de equipo de repuesto penaliza cualquier accidente. ¿Dónde está el equilibrio?
  • Ética del rescate: cuando el riesgo para los rescatistas supera cierto umbral, ¿quién decide parar y con qué criterios transparentes?
  • Uso de tecnología: drones, seguimiento satelital, balizas. Útiles, sí, pero no sustituyen a una ruta segura ni a una ventana estable de buen tiempo.

Hay preguntas prácticas que quedarán sin respuesta inmediata. La recuperación del cuerpo en esa arista es improbable a corto plazo. El relieve y el clima harán imposible un operativo sostenido durante semanas. Para la familia, es una carga adicional: el duelo sin despedida y la sensación de que la montaña “se queda con los suyos”.

También quedan aprendizajes técnicos. La logística en el Pobeda requiere depósitos previos bien ubicados, estrategias claras de retirada y equipos entrenados para moverse encordados a gran altitud en terreno mixto. Las operaciones de helicóptero, si se contemplan, deben tener planes alternos por si la meteorología cae. Y los equipos internacionales necesitan canales rápidos con las autoridades locales, porque el pico está en una frontera sensible.

La última imagen de Natalia no fue la de una cumbre, sino la de una tienda golpeada por ráfagas que la rompían. Aun así, resistió más de dos semanas por encima de los 7.000 metros. Ese dato habla de su temple, pero también del límite de lo humano. En el margen que separa la ambición del rescate posible, la cordura pesa más que el heroísmo.

Quedan lutos en varios países: la familia de Natalia en Rusia, la de Luca en Italia, compañeros en Alemania y Kirguistán que vieron cómo una operación bienintencionada se volvió insostenible. Y queda, también, la memoria de una montaña que cada cierto tiempo recuerda su jerarquía: ella pone las reglas y decide cuándo deja pasar.

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